Hoy es uno de esos días donde me atosiga el espacio. Donde
un par de noticias, la melodía justa y el blanco de la luz de la oficina me
hacen querer desaparecer. Sé que miles de personas se deben sentir como yo, se
le atribuye un estado psíquico, alguna patología, neurosis, o algo de eso. No
me importa ser preciso en cuanto a términos médicos, pero si a esta sensación que
no siento hace tiempo. Más de una vez lo atribuí a mis fines de semana
agitados. A los consumos desmedidos. Al desorden y al éxtasis que produce el
caos y la inestabilidad. Hace tiempo eso no ocurre más y aun siento estas
cosas.
Es en si el existencialismo que en verdad nunca me abandono.
Siempre está ahí para mí. Los oscuros pasillos de Kafka. Ese proceso natural de
cordura insana entre hombres sin rostro ni bandera. La marginalidad de un día
haberse levantado cucaracha y ya no poder cambiarlo. Los problemas psicológicos
de un niño con su padre, la mirada del mundo, el mundo corrupto. Sentir que a
veces estamos lejos, que nos importa solo nuestro propio entorno. De golpe algo
en el circuito cambia y miramos a los lados y todo se ha desdibujado desde la última
vez q fuimos parte de este absurdo. Un atentado, un terremoto, un asesinato,
una mujer que desapareció, la guerra en el lejano oriente que nunca cesa.
El dolor se propaga casi infundadamente y nosotros acá. Bajo
estas luces blancas como en un loquero. Con paredes blancas. Muebles blancos. Y
después un patio como el del hospicio, el de Fijman, el de el infinito e
inmortal Jacobo Fijman. ”...y ahorca mi gañote con sus manos sarmentosas, y mi canto
se enrosca en el desierto”. Como si toda la suciedad del mundo fuera a pasar
por que las cosas están de blanco. Y trabajamos, tenemos hijos, nos casamos… y
las cosas siguen pasando como si nada. Que podemos hacer nosotros?, nada. Eso
se nos ha dicho.
No quiero dejar las letras vacías. La angustia del encierro.
Pero se, se… se que este encierro es mío. Yo pongo los barrotes de mi celda. Yo
y mis miedos, mis fantasmas, por que estoy viviendo muchas cosas nuevas y otra
vez hay que mutar con orgullo y pararse frente a la adversidad. Ahí… en ese duelo
intenso de miradas pelear contra el peor enemigo que tenemos que somos nosotros
mismos, así recordar que nada de lo que se nos dijo es real por que todo es
una vulgar convención autómata. Y ahí estoy… después de desahogar, parado
frente a mi y dispuesto a hacerme entender una vez más… que puedo cambiarlo
todo.