Hace unos días vengo pensando otra vez en escapar mientras me doy cuenta de que es martes recién y los párpados se me amotinan por el cansancio. Sueño entonces con la ultima vez q si bien fue impulsada por el rock y la llegada al país de 3 grandes bandas internacionales, Buenos Aires me acuno entre sus ciudadanos para ayudarme en el silencio. Por que fue así.
Fue silencio casi sepulcral. Fue semana de los caídos de malvinas y la ciudad estaba de luto. El centro era casi como cualquier pueblo fantasma. Solo algunos valientes turistas se animaban a andar sus calles. Y para decorar el paisaje urbano los cielos eran de ese gris norteño como si de algún subterráneo salieran pululando asesinos de tapados largos y cuchillos afilados.
Lloraba además las muertes que había dejado un temporal. Lloraba como siempre la inestabilidad de un país que no hace eco en las cercanías de la plaza de mayo. Lloraba la identidad que se derrumbaba entre inseguridades y diálogos con el absurdo cultural.
Paseaba por los subtes, investigaba como un pirata una isla desierta creyendo que en algún rincón se encontraba algún tesoro milenario que le devuelva la confianza y la buena vida de tierra firme. Miraba cada adorno y cada esquina. Me di el lujo de patinar por calle Saenz Peña cuesta arriba hacia el obelisco. Vi San Telmo de día y de noche y camine por Rivadavia.
Ahora suena Manal de fondo que tranquilamente podría ser la banda de sonido de Buenos Aires y de sus empedrados furiosos. Gris. Una vez mas. De humo y smog.
Mientras el sueño me vence me acuerdo de la mezcla de luz amarilla y el oscuro de la noche, la lluvia y los cantos, las imágenes que guarde en un dispositivo, la mujer que fotografié, el amor que encontré, la hermana que acompañe, el lugar que me cobijo entre firuletes y olor a alcohol.
Hoy me voy pero Buenos Aires esta ahí, despierta, cantándome, casi como si supiera que cuando la vuelva a ver... va a darme mas respuestas.
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